Y fue, sobre todo, una historia sobre quedarse.

Quedarse después del primer desastre.
Quedarse después del error.
Quedarse para corregir.
Quedarse para mirar de frente.
Quedarse para escuchar cuando el otro no sabe hablar sin romper algo.
Quedarse hasta que la casa deje de sentirse territorio enemigo.
Quedarse hasta que el duelo ya no sea una jaula, sino una cicatriz habitable.

A veces el milagro no es que alguien llegue.

Es que, después de llegar, decida quedarse de todos modos.

Y cuando eso pasa —cuando alguien se queda de verdad—, hasta las grietas pueden empezar a llenarse de oro.

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