La Sombra de la Rosa Roja – News

La Sombra de la Rosa Roja

La Sombra de la Rosa Roja

La Sombra de la Rosa Roja

El Precio del Imperio en el Piso Treinta y Cuatro

El silencio que se apoderó del vestíbulo principal de la Torre Greco era tan denso que el zumbido distante del sistema de ventilación parecía un eco lejano. Las tres docenas de rosas rojas reposaban sobre el suelo de mármol blanco como un presagio macabro, sus pétalos vibrantes contrastando de forma violenta con la frialdad metálica de los ascensores privados.

Lorenzo Greco seguía con la mirada fija en la tarjeta manchada de tinta roja. Su mandíbula, habitualmente esculpida en una línea de control absoluto, se había contraído hasta marcarse con fuerza bajo la piel. En su mundo —el imperio clandestino que gobernaba Manhattan con mano de hierro—, las amenazas no se enviaban por correo postal ni se ocultaban entre arreglos florales románticos. Se entregaban con sangre, con fuego o con el cadáver de un traidor arrojado en los muelles de Brooklyn. Pero esta vez, el blanco no había sido un cargamento de contrabando, ni una ruta comercial, ni uno de sus tenientes.

El blanco había sido Julia.

—¿De quién se trata, Lorenzo? —logré preguntar, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones a pesar de mi esfuerzo por mantener la compostura—. ¿Quién sabe de… lo nuestro? Oficialmente soy solo tu asistente ejecutiva. Para el resto de la ciudad, eres el hombre frío que nunca mira dos veces a la misma mujer.

Lorenzo levantó la vista lentamente. Sus ojos plateados, por lo general calculadores y vacíos de piedad, reflejaban un destello oscuro, una tormenta contenida que amenazaba con arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino.

—No es la Bratva, y tampoco son los socios de Chicago —dijo su voz, un susurro bajo, mortalmente calmado, que hizo que el jefe de seguridad que custodiaba las puertas diera un paso instintivo hacia atrás—. Es la facción de los Vanezis. Creían que los había enterrado en los astilleros de Queens hace tres años.

Dio un paso hacia mí, ignorando por completo a los empleados que fingían trabajar cerca de los mostradores de recepción. Su mano grande y cálida se cerró suavemente alrededor de mi muñeca, tirando de mí hacia el interior del ascensor privado antes de que pudiera procesar la magnitud de la amenaza. Las puertas de acero se cerraron de golpe, sellando el mundo exterior mientras ascendíamos a toda velocidad hacia el piso treinta y cuatro.

La Decisión en el Despacho Blindado

Una vez dentro de su despacho privado —el santuario de caoba, pantallas de monitoreo y mapas tácticos donde se decidía el destino de la mitad de la economía subterránea de Nueva York—, Lorenzo me soltó y comenzó a dar zancadas por la habitación, marcando números en su teléfono satelital con una velocidad furiosa.

—Dante, activa la alerta roja en todos los sectores —ordenó en italiano fluido a través del aparato, con un tono que no admitía réplica—. Bloqueen los accesos al puente de Brooklyn y dupliquen la seguridad en los apartamentos residenciales. Si alguien intenta acercarse a un radio de quinientos metros de la zona, disparen primero y pregunten después.

Colgó el teléfono de un golpe seco y se giró hacia mí. Yo seguía de pie junto a los ventanales gigantescos que ofrecían una vista panorámica de Manhattan bajo el cielo nublado de la tarde. Mis manos temblaban ligeramente, no por miedo a morir, sino por la repentina y brutal constatación de que el hombre que tenía en frente —el temido jefe de la mafia al que todos respetaban y temían— estaba dispuesto a arriesgar su propio trono por protegerme.

—Tienes que hacer la maleta, Julia —dijo Lorenzo acercándose con pasos firmes, deteniéndose a solo centímetros de mí—. Mis hombres te llevarán a la finca segura en los Adirondacks esta misma noche. Hay un avión privado esperando en Teterboro.

Me giré para enfrentarlo, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar el temblor de mis dedos.

—¿Y tú? —pregunté con los ojos fijos en los suyos—. ¿Qué pasa con el ultimátum de la tarjeta? Dicen que tienes que elegir entre tu imperio y mi vida. Si me voy sola a una cabaña en medio de la montaña, ¿qué te impide enfrentarte a ellos tú solo y perderlo todo?

—Mi imperio se construyó sobre piedra, Julia —respondió Lorenzo con una ferocidad helada, levantando mi barbilla con la yema de sus dedos para obligarme a sostenerle la mirada—. Las empresas se reconstruyen, el dinero va y viene, y los territorios se pueden volver a conquistar. Pero tú no eres un activo financiero. Eres la única razón por la que este maldito edificio no se ha convertido en una tumba para mí en los últimos dos años.

Las palabras flotaron en el aire, pesadas y definitivas. Por primera vez desde que comencé a trabajar para él, las barreras corporativas, las tazas de espresso sin azúcar y los contratos marítimos se desvanecieron por completo.

La Trampa en la Oscuridad de Manhattan

Antes de que pudiera responderle, las luces del piso treinta y cuatro parpadearon violentamente y se apagaron de golpe.

El sistema de respaldo de emergencia entró en acción un segundo después, tiñendo la oficina de un tono carmesí tenue y parpadeante. En las pantallas de monitoreo del escritorio de Lorenzo, las cámaras de seguridad del perímetro exterior comenzaron a mostrar estática digital en tres de los sectores principales.

—Han cortado el suministro eléctrico del bloque —dijo Lorenzo con voz cortante, sacando de inmediato la pistola automática oculta bajo su chaqueta de sastre y comprobando el cargador con un movimiento mecánico y preciso—. No hay tiempo para el aeropuerto de Teterboro. Están aquí.

Se movió con la rapidez de un depredador, empujándome hacia el rincón más seguro de la habitación, detrás de una columna de concreto reforzado que servía como núcleo estructural del edificio.

—Quédate aquí, pase lo que pase —ordenó, colocando el arma en mis manos con una firmeza absoluta—. Si alguien que no sea yo abre esa puerta, dispara a la altura del pecho. No lo pienses.

—Lorenzo, no… —intenté protestar, pero él ya se había deslizado hacia la puerta principal de la oficina, desapareciendo en la penumbra del pasillo exterior.

El tiempo pareció detenerse. Los sonidos de la ciudad allá abajo se convirtieron en un murmullo lejano, reemplazados por el eco sordo de pasos apresurados y disparos amortiguados que provenían del piso inferior.

Un destello cegador iluminó el pasillo a través de la puerta entreabierta de la oficina, seguido de un estruendo metálico que sacudió los cristales blindados. Sabía que los Vanezis no se detendrían hasta recuperar el control de los muelles, y sabían perfectamente que la única forma de doblegar al hombre más peligroso de Manhattan era arrebatarle lo único que jamás había aprendido a proteger.

Apreté la culata fría de la pistola contra mis palmas sudorosas, respirando el aroma a cedro y pólvora que había dejado su abrigo, mientras en la oscuridad de la Torre Greco comenzaba el capítulo final de una guerra que ninguno de los dos había pedido librar, pero de la cual ninguno saldría ileso.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles