Sombras en la Mansión Romano – News

Sombras en la Mansión Romano

Sombras en la Mansión Romano

Sombras en la Mansión Romano

La Tormenta Oculta tras la Calidez

El silencio que siguió al abrazo de Leo y Ruby en la guardería de la mansión no se parecía a nada que hubiera experimentado en los pasillos de mi imperio. En mi mundo, el silencio era el preludio de una traición o el eco sordo de una ejecución ordenada en la medianoche. Pero aquel silencio olía a lavanda, a papel viejo y al débil aroma del jabón económico que Ruby llevaba impregnado en su vestido gastado.

Desde la puerta, con las manos cruzadas a la espalda y los músculos de la mandíbula tensos por la costumbre de vigilar cada ángulo, observé cómo mi hijo pequeño —el niño al que los mejores psiquiatras infantiles de Chicago habían catalogado como un caso perdido y violento— se aferraba al hombro de una mujer que apenas tenía para pagar el alquiler de la semana siguiente.

—Señor Romano —dijo Ruby en un susurro, levantando la vista con los ojos húmedos de lágrimas que se negaba a derramar—. Necesito prepararle un baño tibio y algo de sopa. Ha estado llorando desde el mediodía y su cuerpecito está agotado.

—Las empleadas pueden encargarse de eso —repliqué con mi voz habitual, fría y cortante, intentando recuperar el control de una situación que se me escapaba de las manos.

—No —respondió ella con una firmeza silenciosa que me desarmó por completo—. Las empleadas le tienen miedo, señor. Y los niños no necesitan miedo. Necesitan presencia.

Dio media vuelta con Leo aún sujeto a su regazo, cargándolo con una facilidad que desafiaba su propia fragilidad. Me quedé inmóvil, observando cómo se alejaban por el pasillo alfombrado. Cada paso que daba Ruby en dirección a la habitación de mi hijo era un paso más hacia el centro de mi vida privada, un santuario fortificado que había mantenido sellado herméticamente desde el atentado con bomba que le costó la vida a Elena.

El Precio de la Verdad en el Despacho

Dos horas más tarde, cuando la mansión entera parecía sumida en el sueño y únicamente las luces de los guardias perimetrales parpadeaban a través de los ventanales blindados, me encontraba sentado en la oscuridad de mi despacho privado en la planta baja.

Frente a mí, sobre la mesa de caoba maciza, descansaban los informes clasificados que mi jefe de seguridad, Dante, había reunido durante los últimos doce meses. Fotografías de vehículos sospechosos, grabaciones de llamadas interceptadas a la familia rival de los Moretti y, en el centro de todo, el expediente sobre el fallo de los peritos que investigaron el coche bomba de mi esposa.

La puerta se abrió con un crujido imperceptible. Ruby entró con pasos cautelosos, sosteniendo una taza de café humeante que dejó sobre el extremo del escritorio antes de dar un paso atrás, respetando la distancia que imponía mi presencia.

—Leo ya está dormido —dijo, cruzando las manos frente a su delantal—. Respiraba tranquilo. Hacía un año que no lo hacía.

Alcé la vista de los documentos y la examiné con la fría sospecha que me había mantenido con vida en las calles de Chicago.

—¿Quién te mandó aquí, Ruby? —pregunté de golpe, sin rodeos, dejando que el peso de mi autoridad llenara la habitación—. Las agencias de niñeras de la ciudad cobran el doble de lo que yo ofrecía y ninguna habría aceptado trabajar en esta casa tras conocer mi reputación. Sin embargo, apareciste en mi puerta justo veinticuatro horas después de que mi último hombre de confianza investigara los antecedentes de las candidatas.

Ruby no se inmutó. No bajó los ojos ni mostró el terror que los demás sentían al cruzar palabra conmigo. Al contrario, caminó despacio hacia el gran ventanal que daba a los jardines oscuros, donde la lluvia comenzaba a golpear con fuerza los cristales blindados.

—Nadie me mandó, Vincent —respondió usando mi nombre de pila por primera vez, sin títulos ni reverencias—. Vi el anuncio en un periódico viejo que encontré en la biblioteca pública del centro. Necesitaba el dinero para evitar que me desalojaran del apartamento donde crie a mi hermana menor. Pero supongo que eso ya lo sabes; tu gente investiga hasta el color de los zapatos de cualquiera que cruza estas verjas.

—Lo sé todo sobre ti —le advertí, poniéndome de pie y acortando la distancia entre ambos—. Sé que trabajaste en los archivos judiciales del condado hace tres años. Sé que tu padre estuvo involucrado en un pleito de tierras contra los astilleros que hoy pertenecen a mi holding. Y sé que conoces demasiado bien los nombres de los jueces que firmaron las sentencias de los hombres que he mandado a prisión.

Ruby giró el rostro lentamente hacia mí. Una sonrisa triste y amarga se dibujó en sus labios.

—Mi padre no perdió sus tierras por un pleito ordinario, señor Romano. Las perdió porque un juez corrupto aceptó un soborno de la misma organización que hoy controla los muelles del sur de la ciudad. La misma organización que colocó la bomba en el coche de su esposa para ajustar cuentas pendientes con usted.

La Sombra del Pasado en la Puerta

El aire pareció congelarse en mis pulmones. Di un paso al frente, con los ojos fijos en los suyos.

—¿Qué dijiste?

—Dije que conozco la verdad sobre el atentado de Elena —repitió Ruby con una claridad aterradora, sin vacilar ni un segundo—. Y sé que las personas que la mataron no están en Italia ni en las prisiones federales. Están aquí, en Chicago, moviendo los hilos de su propia corporación mientras usted cree que tiene el control absoluto de la ciudad.

Antes de que pudiera formular una sola pregunta, un destello cegador iluminó los jardines a través de los ventanales, seguido inmediatamente por un estruendo sordo que sacudió los cimientos de la mansión. Las luces de emergencia se encendieron de golpe, tiñendo el despacho de un tono carmesí parpadeante.

A través del intercomunicador de la mesa, la voz alterada de Dante retumbó con urgencia:

—¡Jefe! ¡Tenemos una brecha en el muro este! Un comando armado acaba de ingresar por el sector de los invernaderos. Van directo hacia el ala principal. ¡Están buscando a la niñera!

Miré a Ruby. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con la fría determinación de alguien que sabía perfectamente que su vida pendía de un hilo muy delgado. El enemigo no había venido a destruirme a mí; habían venido a silenciar a la única mujer que había logrado devolverle la sonrisa a mi hijo.

—Quédate aquí —ordené, abriendo el cajón secreto del escritorio para extraer una pistola automática con silenciador—. Si abren esa puerta, dispara a todo lo que se mueva.

Ruby dio un paso al frente y, para mi absoluta sorpresa, colocó su mano sobre la empuñadura de mi arma, deteniéndome antes de que pudiera levantarme.

—No vamos a sobrevivir escondidos en este despacho, Vincent —dijo con una resolución que helaba la sangre—. Si quiere salvar a su hijo y descubrir quién mató a su esposa, tendrá que confiar en la mujer a la que intentó echar de su casa esta misma mañana.

Fuera, en los pasillos oscuros de la mansión, el sonido metálico de las botas tácticas y el cerrojo de las armas acercándose indicaba que el juego de las apariencias había terminado. La verdadera guerra por el control de Chicago acababa de comenzar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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