Las Aguas Ocultas de Portland
Las Aguas Ocultas de Portland
El Secreto Detrás del Abrigo Negro
El hospital de Portland guardaba ese característico olor a desinfectante y desesperación contenida que parecía adherirse a las paredes incluso a altas horas de la noche. La habitación número cuatro era un cubículo estéril iluminado únicamente por la pálida luz de la luna que se filtraba a través de las persianas de plástico. En la cama, mis costillas vendadas protestaban con cada respiración, pero el verdadero dolor no provenía del tejido lastimado, sino de la fría y pesada fotografía que el detective acababa de colocar sobre la sábana blanca.
El hombre de la imagen era inconfundible. A pesar de que la última vez que lo había visto llevaba el cabello empapado y sangre escurriéndose por la sien, los rasgos marcados, la mandíbula firme y la mirada profunda y calculadora pertenecían sin duda al desconocido que había roto la ventanilla de mi coche con sus propias manos y me había arrancado de las fauces del río Willamette.
Dominic Cross.
El nombre resonó en mi mente como un eco distante que había escuchado en los cafés del centro, en las noticias nocturnas y en los susurros de los taxistas cuando hablaban de los muelles del norte y de las empresas fantasma que controlaban la economía clandestina de Oregón. Se decía que Cross poseía media ciudad, que ningún cargamento entraba o salía sin su consentimiento y que aquellos que cruzaban su camino terminaban sumergidos en el fondo del río, no rescatados de él.
—¿Estás segura de que no lo conocías antes de esta noche, señorita Collins? —preguntó el detective, con la voz baja y tensa, cerrando la puerta con seguro como si temiera que las paredes tuvieran oídos—. Los hombres como Dominic Cross no aparecen por casualidad en un puente oscuro a las tres de la mañana solo para hacer obras de caridad.
—Ya se lo dije —respondí, sintiendo que la garganta se me secaba de nuevo—. Soy fotógrafa independiente. Hago bodas, eventos corporativos y retratos familiares. Lo único que tengo en común con un magnate de la mafia es que ambos respiramos el mismo aire contaminado de esta ciudad.
El detective arqueó una ceja, incrédulo, y señaló el abrigo negro con iniciales doradas que colgaba del perchero de la esquina, el mismo que él me había colocado sobre los hombros antes de desaparecer en el bosque.
—Ese abrigo vale más que todo tu equipo fotográfico junto, y las iniciales C.R. corresponden a Cross Residences, la sociedad matriz de todas sus propiedades —murmuró el oficial inclinándose hacia la cama—. Te cortaron los frenos porque sabían que tenías algo que él quería, o porque querían enviarle un mensaje a través de ti. Y si Dominic Cross te salvó la vida, no fue por bondad. Fue porque todavía le eres útil para algo.
La Trampa en el Estudio
Dormir esa noche fue una ilusión imposible. Cada vez que cerraba los ojos, el agua helada del Willamette volvía a invadir mis pulmones, y las manos cálidas y firmes de Dominic me sacaban a la superficie en medio de la tormenta.
A la mañana siguiente, el alta médica llegó acompañada de una escolta policial que duró exactamente hasta la puerta de mi pequeño apartamento en el distrito histórico. Los agentes revisaron la cerradura, comprobaron que no hubiera artefactos extraños y me aconsejaron que me mudara temporalmente con algún familiar. No mencioné que los únicos parientes que me quedaban estaban enterrados en un cementerio municipal a las afueras de Salem.
Abrí la puerta con cautela. El estudio fotográfico ocupaba la planta baja, un espacio modesto lleno de trípodes, fondos de papel arrugados y cajas con negativos antiguos que había heredado de mi madre. Todo parecía en su sitio, salvo un pequeño detalle: sobre la mesa de trabajo de madera, junto a mi cámara principal, había un sobre manila sin remitente, cerrado con un lacre rojo oscuro.
Mi corazón dio un vuelco. Nadie sabía que había regresado del hospital tan pronto.
Caminé con pasos lentos, sintiendo el dolor sordo en las costillas, y tomé el sobre entre mis dedos temblorosos. Al romper el sello, encontré dos cosas: un fajo de billetes de cien dólares que superaba con creces el valor de todo mi alquiler anual, y una vieja fotografía en blanco y negro tomada dieciséis años atrás.
La imagen mostraba el puente donde mi coche se había hundido, pero tomada desde un ángulo imposible, una perspectiva profesional que solo una cámara de alta gama con un lente especial de cincuenta milímetros podía capturar. Al dorso, escrito con una caligrafía elegante y firme, había una sola línea:
“La próxima vez que busques una buena toma, asegúrate de que no te estén apuntando desde la orilla opuesta. Nos vemos a las ocho en el muelle dieciséis.”
El Encuentro en el Muelle Dieciséis
La neblina de Portland envolvía los almacenes abandonados del puerto como un sudario gris y silencioso. El reloj del salpicadero de mi coche de reemplazo —un sedán alquilado que aún olía a plástico nuevo— marcaba las siete y cincuenta y cinco de la noche. Mis manos aferraban el volante con tanta fuerza que mis nudillos se habían vuelto blancos.
Tenía miedo, un terror frío y visceral que me aconsejaba huir hacia el este, abandonar Oregón y dejar atrás mis cámaras, mis deudas y mi vida ordinaria. Pero la curiosidad y la rabia de haber sido convertida en un blanco móvil sin saber el motivo pesaban más que el instinto de supervivencia.
Apagué el motor y descendí hacia el muelle dieciséis. El olor a salitre, combustible viejo y madera podrida llenaba el aire húmedo. A lo lejos, bajo la luz parpadeante de una lámpara de sodio, una silueta alta y elegante aguardaba apoyada contra la barandilla metálica.
Dominic Cross vestía un abrigo oscuro similar al que me había prestado, aunque esta vez impecable, sin rastro de barro ni de río. Su cabello oscuro estaba ligeramente revuelto por el viento del norte, y una cicatriz casi imperceptible cruzaba la comisura de su labio izquierdo.
—Llegas a tiempo —dijo sin volverse hacia mí, con esa voz grave y pausada que ya conocía demasiado bien—. Eso es una virtud rara en estos tiempos, Elena.
Me detuve a unos tres metros de distancia, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerme tanto del frío como de su abrumadora presencia.
—No me llamo Elena, me llamo Tessa —repliqué, intentando que mi voz no temblara—. Y no estoy aquí para recibir lecciones de puntualidad de un hombre que manda a matar gente en las carreteras de Oregón.
Dominic giró lentamente el rostro. Sus ojos oscuros me examinaron de arriba abajo con una calma desconcertante, como si estuviera evaluando la composición de una fotografía compleja antes de disparar.
—Yo no mandé a cortar tus frenos, Tessa —respondió con absoluta firmeza, dando un paso hacia mí—. Si yo hubiera querido eliminarte, tu coche habría terminado en el fondo del río sin que nadie tuviera tiempo de rescatarte. Alguien más en esta ciudad está interesado en lo que capturó tu lente la semana pasada durante la boda de los senadores en la costa.
Me quedé helada. La boda de los senadores. Había tomado cientos de fotografías de los invitados, los brindis y los ricos filántropos que bailaban bajo las carpas blancas frente al océano.
—Yo solo hice mi trabajo… —susurré, sintiendo que el suelo volvía a ceder bajo mis pies.
—No, pequeña fotógrafa —dijo Dominic, deteniéndose a solo centímetros de mí, de modo que podía percibir el aroma limpio a madera y tabaco caro—. Sin saberlo, enfocaste algo que no debías ver en el fondo de una de tus tomas panorámicas. Y ahora, los verdaderos dueños de este puerto te quieren muerta. La pregunta es: ¿quieres seguir corriendo o prefieres aprender a disparar de verdad?
El viento sopló con fuerza desde el río, agitando las aguas oscuras que lamían los pilotes de madera del muelle, mientras el peligro real y fascinante de su mundo me envolvía por completo, sin un camino de regreso posible.