La Sombra y el Fuego en el Hotel Belmont – News

La Sombra y el Fuego en el Hotel Belmont

La Sombra y el Fuego en el Hotel Belmont

La Sombra y el Fuego en el Hotel Belmont

El Estruendo en la Terraza

El primer disparo rompió la noche con un eco seco y metálico que hizo añicos la ilusión de elegancia del Hotel Belmont. A través de los ventanales de cristal templado, el caos estalló de inmediato dentro del salón principal: gritos ahogados, el sonido ensordecedor de las copas de cristal estrellándose contra el suelo de mármol y una estampida de hombres con trajes costosos y mujeres con vestidos de diseñador que corrían desesperadas buscando una salida.

No tuve tiempo de pensar. Mi cuerpo reaccionó por pura supervivencia.

—¡Agáchate! —la voz de Carter Battalia resonó con una autoridad gélida, cortando el aire como una cuchilla.

En una fracción de segundo, antes de que pudiera calcular el peligro, su brazo fuerte y decidido me rodeó la cintura y me arrastró hacia el suelo, protegiéndome con su propio cuerpo detrás de la gruesa balaustrada de piedra de la terraza. El frío del suelo de granito contrastaba violentamente con el calor intenso que irradiaba su cercanía. Su abrigo negro olía a tabaco de pipa, lluvia y a esa peligrosa e inconfundible estela de pólvora y poder.

Un segundo y tercer disparo impactaron contra los pilares decorativos de la terraza, astillando la piedra a pocos centímetros de nuestras cabezas. Los fragmentos blancos llovieron sobre mi espalda.

—¿Estás herida, Doriana? —preguntó, con la mandíbula tensa, revisando con una mirada rápida y metódica cada centímetro de mi cuerpo en busca de sangre.

—No… estoy bien —balbuceé, con el corazón golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado.

A pocos metros de nosotros, en la entrada del salón, los guardaespaldas de Carter ya habían respondido al fuego. El estruendo de las armas automáticas ahogaba cualquier otro sonido. Vi de reojo cómo un par de hombres con pasamontañas negros intentaban flanquear el balcón, pero el equipo de seguridad de Carter los neutralizó con una precisión quirúrgica que helaba la sangre.

La Traición Oculta en el Salón

—Boss, la retaguardia está asegurada, pero cortaron las comunicaciones de la cuadra —anunció uno de los hombres de Carter, agachándose junto a nosotros con un rifle semiautomático en las manos—. Los hombres que irrumpieron no son de la familia de Nueva York; traen las insignias de los Moretti. Nos tendieron una trampa.

El rostro de Carter se ensombreció de tal manera que su expresión previa pareció un juego de niños. Los Moretti. La familia rival que controlaba los muelles del norte de Pensilvania y que llevaba meses intentando desplazar a los Battalia del centro financiero de Filadelfia.

—Los Moretti no se atreverían a atacar el Belmont a menos que tuvieran ayuda desde el interior —dijo Carter con voz baja, casi para sí mismo, antes de mirar de nuevo hacia el salón principal.

De repente, un pensamiento helado atravesó mi mente.

—Mafala… —susurré, sintiendo que el aire me faltaba—. Mi hermana estaba justo cerca de la entrada principal cuando empezó el tiroteo.

Carter no dudó ni un segundo. A pesar del peligro constante de nuevos disparos, se puso de pie, me levantó con una mano firme y me mantuvo pegada a su costado mientras avanzábamos hacia el interior del salón humeante y cubierto de escombros.

El contraste con el lujo de hacía diez minutos era desolador. Las lámparas de araña colgaban de los cables eléctricos rotos, chisporroteando chispas de luz sobre las mesas de banquete volcadas. Y allí, en medio de la confusión, de rodillas sobre la alfombra manchada de champán y restos de comida, estaba Mafala.

Su costoso vestido rojo estaba desgarrado en el hombro, su peinado impecable deshecho por el terror y las lágrimas corrían por sus mejillas pintadas de maquillaje corrido. Dos de los guardaespaldas de Carter la rodeaban para protegerla.

Cuando me vio aparecer al lado del hombre más temido de Filadelfia, la expresión de miedo en su rostro se transformó por un segundo en un destello de furia y desconcierto absoluto. Toda su vida había estado convencida de que los hombres poderosos corrían tras ella, y sin embargo, en el momento en que el mundo se derrumbaba, Carter Battalia no la había mirado a ella; me había salvado a mí.

—¡Doriana! —sollozó Mafala, estirando las manos hacia mí como si fuera una niña pequeña—. ¡Casi me matan! ¡Había hombres disparando a todos lados!

Me acerqué para ayudarla a incorporarse, pero antes de que pudiera tocarla, una mano fría se cerró sobre mi muñeca.

Era Carter.

—No te muevas de mi lado —ordenó en voz baja, con los ojos fijos en una de las salidas de emergencia laterales del salón, donde una figura solitaria vestida de oscuro acababa de desaparecer en la penumbra del pasillo de servicio.

Las Cartas sobre la Mesa en la Madrugada

Treinta minutos después, el hotel estaba rodeado por patrullas de policía que respondían al llamado de los vecinos, pero en el mundo de los Battalia, la ley oficial rara vez cruzaba la línea de los intereses reales. Los agentes se limitaban a acordonar la manzana mientras los paramédicos atendían a los heridos leves.

A Mafala la habían subido a una ambulancia para tratar un ataque de nervios, aunque su verdadero dolor parecía ser el ego herido al ver que Carter ni siquiera se había dignado a despedirse de ella.

Me encontraba sentada en el asiento trasero del sedán blindado de Carter, envuelta en uno de sus abrigos oscuros que me quedaba enorme. El calor del vehículo y el zumbido suave del motor calmaban ligeramente el temblor de mis manos. Carter estaba sentado a mi lado, revisando un teléfono satelital con una calma inquietante mientras la ciudad pasaba a toda velocidad por la ventanilla oscura.

—Tus hombres pensaron que el ataque iba dirigido contra ti —rompí el silencio, mirando fijamente el reflejo de su rostro en el cristal.

Carter detuvo el movimiento de sus dedos sobre el aparato y giró la cabeza hacia mí. La luz de las farolas callejeras iluminaba de forma intermitente su mandíbula marcada y sus oscuros ojos impenetrables.

—El ataque no iba dirigido contra mí, Doriana —dijo con una franqueza que me hizo contener el aliento—. Los Moretti sabían que yo estaría en el Belmont esta noche, pero la ruta por la que irrumpieron los pistoleros estaba diseñada para cortar el acceso al ala este… exactamente el lugar donde tu hermana y tú habían estado discutiendo antes de que salieras a la terraza.

Me quedé helada. —¿Estás diciendo que… que sabían que yo estaría allí?

—Estoy diciendo que en este juego, las casualidades no existen —respondió Carter, acercándose un poco más, de modo que podía percibir el calor de su cuerpo y el aroma limpio de su colonia—. Alguien vendió información sobre nuestros movimientos. Y por alguna razón, tu nombre figuraba en los informes que interceptamos la semana pasada en los muelles.

Las palabras flotaron en el aire del coche como una sentencia de muerte invisible. Mi vida ordinaria, mis días solitarios en la galería de arte, la sombra constante de mi hermana y mi aparente insignificancia se habían desvanecido para siempre.

El coche frenó suavemente frente a una imponente mansión de piedra gris rodeada de altos muros de hierro forjado en las colinas a las afueras de la ciudad. Los portones automáticos se abrieron lentamente desde adentro, invitándome a entrar en el corazón del imperio de los Battalia.

Carter abrió la puerta del auto y me tendió la mano enguantada con una elegancia oscura y magnética.

—Bienvenida a casa, Doriana —susurró con una media sonrisa peligrosa que prometía proteger el mundo que acababa de nacer—. Ahora empieza lo divertido.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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